El otro día, en
la facu, con sueño atrasado y la calefacción demasiado fuerte (luego,
con menos dominio aún de mis facultades que el ya reducido que suelo
tener habitualmente) intuí que sería menos notorio para la profesora el
hecho de ponerme a escribir versitos que seguir dando cabezazos. Aquí
va, pues, lo que salió de mi decadente pluma:
Inefables son los predicamentos
y alguno encontrará los predicables
atractivos e incluso deleitables
pero logran ponerme somnoliento.